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Gaitán, político de acendrado fervor por las ideas socialistas, encarnaba la esperanza de un pueblo arrinconado a través de los años, por una clase dominante que ha mantenido su vigencia explotadora con la complicidad de los gobiernos de turno, también extraídos del seno de esa propia cosecha de elite social. La defensa permanente por los humildes expuesta en la sociedad de su verbo, hizo de este inmenso varón, tratadista de Derecho, connotado penalista, consumado ideólogo, extraordinario orador y vertical moralista, también el “Mártir de la Democracia”.

Fue ese nefasto 9 de abril, otro viernes de dolor para la patria, por ese infernal “bogotazo” que hirió a lo largo y ancho del país el sentir liberal de los colombianos, la fecha luctuosa en la que se esfumaron en medio del desaforado grito de las gargantas y el tronar de los fusiles, las esperanzas de un pueblo que se sentía acorralado por la demoniaca presión de malos hijos de Colombia, quienes, a la sombra del gobierno de entonces, se enseñoreaban en la ciudad y en el campo, pretendiendo acabar con el pueblo “cachiporro” guiado por las ideas controvertibles de Jorge Eliécer Gaitán.

A la muerte del Caudillo, uno de los más calificados dirigentes de la época, el Doctor César  Ordóñez Quintero, con inmensa propiedad intelectual, exclamó: “El valor de una vida no se cobra sino en el instante mismo de una muerte heroica”. Y, aferrado a una esperanza como la que siempre dejara sembrada Jorge Eliécer Gaitán en su pueblo, el ilustre académico y también célebre orador, César Ordóñez Quintero, refiriéndose al Caudillo inmolado, agregaba: “El alma de la nación se alimenta de sus héroes y de sus mártires y su queja, sin eco en el tiempo insondable, es su bandera y su victoria”.

Gaitán: Paladín y Mártir

Su filosofía expuesta con vehemencia en los escenarios de la política, tenía un horizonte de pureza por la sinceridad de su lenguaje y esa manera, hasta el momento desconocida en el medio colombiano, para llegar al pueblo que lo escuchaba. Esa forma clara y elemental lo acercaba cada día más a las gentes que se sentían desprotegidas por el Estado, vapuleadas por los monopolios y las pocas clases adineradas del país en aquella época, a las cuales el destacado Conductor de masas llamó “Oligarcas” y “plutócratas”.

La concepción política de Jorge Eliécer Gaitán quedó plasmada a lo largo de su eximia existencia, inicialmente en la creación de su Movimiento popular, UNIR (1934) sigla de “Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria”; en sus manifiestos políticos con programas liberal socialistas expuestos en la Plaza de Toros de Santamaría, en el Teatro Municipal y en la plaza pública, a lo largo y ancho del país, lo que le valiera para que en unos comicios electorales, ocupara el sitial de honor en las listas de todos los Concejos municipales del país, determinando con ello unas firmes mayorías liberales.

Su brillante capacidad profesional rayó a mayor altura, en los procesos que abrazó para sus defensas en los estrados judiciales, en donde surtió con brillo su tesis sobre la “Premeditación”, esbozada por su magnífico talante en Roma, ante la eminencia de Enrico Ferri, reconocido por los más excelsos tratadistas del Derecho Penal.

Gaitán, de modesta familia, abrió sus ojos al mundo, un 23 de Enero de 1902, cuando el filo de los machetes apuntaba sangriento en la “Guerra de los Mil Días”, contienda bélica entre colombianos, “godos y cachiporros”, enfrentados por el poder y que dejara en los campos de batalla más de 100.000 muertos, sobretodo en los cruentos choques de “Peralonso” y “Palo Negro”.

Su formación, bajo el celo paternal de don Eliécer, un modesto librero de la época y el amoroso cuidado maternal de doña Manuela Ayala de Gaitán, abnegada educadora bogotana, tuvo su mayor trascendencia en el viaje a Italia, en donde el ya brillante joven abogado tendría como profesores a los mejores valores del Derecho Positivo que en el mundo existiera, bajo el rigor científico del profesor Enrico Ferri. Y Gaitán, supo llegar a la cúspide, cuando el “Premio Ferri” le fuera otorgado al mejor alumno de la prestigiosa academia. Grande honor para la familia Gaitán Ayala y, desde luego, para Colombia, su patria amada y sentida en lo más profundo de su alma.

Pero, la huella del egregio conductor no para allí. Su hondo fervor por la política, infundado en un sentimiento que cada día lo acercaba más y más al pueblo indefenso, apretado por las castas oligárquicas y acosado por los cómplices de la plutocracia, en el estadio de la política hace sentir su presencia cuando, aplicadamente, decía: “Yo no soy un hombre... soy un pueblo”. Con ese enunciado, el Caudillo se ubicaba en el umbral del peligro para su propia existencia.

Al mismo tiempo, la plutocracia y la oligarquía, iniciaban coordinadamente sus estrategias para detener el raudo aceleramiento de su victoriosa marcha. Su grito de batalla , “Por la restauración moral de Colombia, a la carga!”, hizo estremecer todos los cimientos sociales del país. De un lado, el abrumador acompañamiento humano de las masas que a lo largo y ancho del país afloraban entusiastas al paso del Caudillo, en pos de la victoria final y, de otro lado, los perplejos y asustados señorones de la política estática y tradicionalista conservadora, asistidos por el poder económico de la casta oligárquica. Estos últimos, urdiendo desde sus propias diabólicas entrañas, la forma de quitar de en medio al victorioso líder.

Gaitán, despreocupadamente, ajeno al peligro acechante por cuanto confiaba erróneamente en el pueblo, no importando su propia seguridad personal, desafiaba con alma de victoria y la clara conciencia de su honestidad, lo que mentirosamente “fabricaban” sus detractores políticos y, muy seguramente, indeclinables y apostados defensores de los intereses imperialistas.

El prestigio le rayaba ya allende las fronteras en el sonado proceso por el Crimen de las Bananeras en el preámbulo navideño de 1928 (Diciembre 6); en el máximo recinto parlamentario de la Patria, cuestionó la debilidad del gobierno conservador de entonces, arrodillado al interés económico norteamericano y puso de presente la corrupción de la autoridad militar, puesta al servicio de la rapiña multinacional gringa.

Su honestidad, no ha tenido par en el proceso histórico de nuestra patria. En el mismo recinto sagrado de nuestras leyes, el Congreso de la República, defendió al Presidente Marco Fidel Suárez y admiró a Laureano Gómez, contrincantes ideológicos; tuvo elogios para la honestidad de Eduardo Santos y brillantes defensas en un sinnúmero de procesos penales, entre los que se destacan el de Jorge Zadwosky y el Teniente Cortés, del Ejército, última intervención forense de su carrera como penalista.

En la cúpula de su vida política, las históricas piezas “Oración por los humildes” pronunciada en Manizales, y su “Oración por la paz”, en Bogotá, ante más de 100.000 personas en el marco de un espectáculo nunca visto en América y proyectado como trascendental por el oficio periodístico internacional, señalaron para sus adversarios en los comienzos de la novena Conferencia Panamericana (Marzo 30 de 1948), la necesidad de quitar de en medio, al hombre que tanto había calado en el alma del pueblo colombiano.

Fuerzas oscuras, en el Gobierno de Mariano Ospina Pérez, irrumpen bajo el sereno cielo de la Capital, para agotar la vida del hombre, el profesional y el político del siglo. En la Carrera 7ª de Bogotá, en los lindes con la Avenida Jiménez de Quezada, hay una placa recordatoria de un magnicidio. Así, como en las escalinatas del Capitolio Nacional, cayera la más grande figura del siglo anterior, Rafael Uribe Uribe, nacido el 12 de abril de 1859, víctima de hachazos, en el siglo XIX, cae el 9 de abril de 1948, otra víctima de la violencia: Jorge Eliécer Gaitán, “mártir de la democracia”.

El Caudillo, con honestidad política buscó y encontró en su pueblo el evangelio de su pasión: su amor por la verdad y la justicia, a favor de la clase humilde y de los desamparados sociales de la patria. En su famosa “Oración por la paz” se encuentra el más vivo testimonio de su creado por la justicia.

Su doctrina “Por la restauración moral de Colombia, a la carga”, señala una esperanza, porque en el alma del pueblo colombiano ese evangelio no es del pretérito; hoy, a pesar de los años se encuentra vigente, como para que los políticos de ahora, y el pueblo todo, vuelvan a estudiar sobre la cartilla de la patria que les enseñara Gaitán y aprendan de nuevo la lección.

Al menos para que aprendan la lección, y para que recuerden al Caudillo, porque jamás Colombia, volverá a parir un hombre de la talla de Jorge Eliécer Gaitán Ayala

 

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