El comunismo corporativo

Escribe: Jeffrey Kihien 

La lucha de clases llevada al control del lenguaje y alimentación, todo puede ser considerado discriminación en estos tiempos tiránicos cuando hablar es un delito. Lo esconden bajo el velo de la corrección política también. Foto: PanAm Post

El comunismo corporativo impone los conceptos marxistas de la lucha de clases, y los esconde también detrás de la cortina de la discriminación.

Las corporaciones, en este periodo de fin de la posmodernidad, se han convertido en plataformas de poder político. Participan abiertamente y sin restricciones en influenciar los Estados para conseguir que sus agendas se consoliden, y que se conviertan en las llamadas “políticas de Estado,” concepto del progresismo global.

La responsabilidad social de la empresa, como concepto político, se forma en los 70 del siglo pasado, hago énfasis en “concepto político,” porque en toda la historia de la humanidad las corporaciones han apoyado causas sociales, y donado fortunas para sostener colegios, hospitales, universidades y obras de caridad. La caridad cristiana era su motor, hasta que fue estatizada.

La caridad que organizaba los servicios sociales fue absorbida por el Estado, el cual inaugura su figura de “padre” de todos los ciudadanos. Tus problemas tienen que resolverlos el Estado, o sea políticos y burócratas, es el concepto establecido en la posmodernidad. No siempre fue así, antes del Estado moderno individuos se agrupaban en cofradías, sociedades de auxilio mutuo o congregaciones religiosas para ayudar al necesitado. Por otra parte el estado no hacía esto, y eran excluyentes.  La ayuda iba exclusivamente al que lo necesita en ese momento, y jamás era eterna, menos un derecho.

La responsabilidad social de la empresa es un “Caballo de Troya” para gobernar sin ser elegido. Las corporaciones invierten sus fondos en crear cualquier cosa, y le agregan “social” para justificarlo y adherirle cierto valor imaginado en las conciencias colectivas.

La Fundación Ford, por ejemplo, desde 1950 invierte en estudios sexuales, en educación sexual, la cual ha derivado en paridad de género, que es una nueva ideología marxista de lucha de clases, y después de ochenta años de trabajo educativo, la paridad de género es un derecho, convertido en ley y agregado en constituciones de países bananeros.

De allí se derivan otros derechos creados por la posmodernidad, como el aborto que antes era asesinato, un infanticidio. Lo llaman también derechos reproductivos. O el feminicidio, que antes era homicidio. La igualdad ante la ley, principio fundamental de la ciencia del Derecho, cada día se erosiona más. El que ha perdido protección legal es el varón frente a la mujer, al homosexual, a su familia, incluyendo sus hijos.

El Estado es ahora patriarcal, porque dentro del concepto de familia promocionado por las corporaciones, y adoptado por el Estado, el padre, el páter familias, no es necesario. Y en toda es confusión ocasionada a propósito por el relativismo ideológico, la mujer, que tiene más derechos que el hombre, los pierde frente al hombre que se declara mujer, desplazándola en los concursos de belleza â€“un varón fue Miss España– en los deportes, y hasta en la maternidad, pues la mujer que se declara varón queda embarazado. Entonces, el varón puede procrear. Asimismo, el varón que se declara mujer, que no deja de ser hombre, tiene más derechos que la mujer misma. Todas estas teorías son aprobadas por un ejército de científicos, porque es el gobierno de la ciencia, mas no el del Derecho, el que proclama el comunismo corporativo.

El comunismo corporativo impone los conceptos marxistas de la lucha de clases, y los esconde también detrás de la cortina de la discriminación. Bajo ese concepto es discriminación que una marca de mazamorra –postre peruano– se llame “La Negrita”, un equipo de fútbol americano se autodenomine “RedSkins” –pieles rojas–, y la tradicional marca de miel de caña “Aunt Jemina” coloque en la etiqueta una dama negra elegante y obviamente millonaria.

Todas las marcas fueron cambiadas de nombre porque representaban –según ellos– opresión y discriminación. La lucha de clases llevada al control del lenguaje y alimentación, todo puede ser considerado discriminación en estos tiempos tiránicos cuando hablar es un delito. Lo esconden bajo el velo de la corrección política también.

El comunismo corporativo se muestra en las artes, educación, deportes y últimamente en la internet, en esta última industria es donde el ataque a la libertad se hace más evidente, es la suma de toda la estrategia para establecer el control total, siempre por medio de elecciones a las cuales se le llama todavía democracia.

En la era digital el comunismo corporativo controla el flujo de información. Las corporaciones dueñas de la internet, que son cuatro o cinco, deciden arbitrariamente qué es verdad y qué es mentira, y suprimen los contenidos que son contrarios a sus proyectos de control del poder estatal. Es bien conocida la participación de las redes sociales en contra de la candidatura de Donald Trump, así como la supresión de contenidos que informan sobre el Covid, y se oponen a la imposición de medicación obligatoria. Las mismas redes, suprimen toda crítica a la ideología del cambio climático y el transgenerismo, y promueven una campana global para que su negación sea considerada delito. En España se ha aprobado una ley absurda, que castiga al que declare que el aborto es asesinato.

El comunismo corporativo no es partidario menos defensor de la libertad de empresa, por el contrario, fomentan el control de la actividad, y promueven legislación para suprimirla de manera sutil, utilizando ideología ambiental, de género, de equidad, de control o supresión total del derecho a la propiedad y últimamente están trabajando para elevar los impuestos para que sea imposible iniciar cualquier actividad productiva.

La democracia postmoderna está llegando a su fin, devorándose así misma por los ideales que persigue; igualdad, fraternidad y libertad, destruidos por el relativismo ideológico que elimina la verdad como valor absoluto. Ante todo esto, la tradición podría ser la respuesta, la tradición es absoluta, no tiene espacio para relativismo ideológico.

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