Los 7 crímenes de la izquierda progresista

Escribe: Raúl Tortolero*

Las izquierdas, desde siempre, han encontrado en el mundo cristiano a uno de sus más odiados enemigos.

La perversidad de la izquierda arranca su esencia al ser humano y lo esclaviza, alegando “liberarlo”. En mi libro “La contrarrevolución cultural, frente al marxismo posmoderno” expongo 7 puntos que la nueva derecha debe defender, valores tradicionales de Occidente, cuna de la cristiandad: la fe, la vida –desde la concepción y hasta la muerte natural–, la familia natural, la propiedad privada, la patria, las libertades (expresión, de opinión, de culto, de manifestación, de tránsito), y los derechos universales (a la vida, a no ser discriminado ni esclavizado, a la salud, al trabajo, a la educación).

Si estos valores es lo que nosotros proponemos, en el otro polo, hay quienes desde las filas del progresismo (ese marxismo posmoderno cocido a fuego lento en los hornos estatales) justamente promueven lo contrario, porque desean ver destruida a la civilización occidental, ya que sus instituciones son un estorbo para la dominancia total del Estado.

Así, los 7 crímenes del progresismo son los siguientes:

Buscar la destrucción del cristianismo

Promover el aborto

Destruir la familia natural

Acabar con la propiedad privada

Destruir la patria, impulsar el globalismo, sin fronteras nacionales

Cancelar las libertades

Suprimir o deformar los derechos humanos

Vamos por partes. Las izquierdas, desde siempre, han encontrado en el mundo cristiano a uno de sus más odiados enemigos. Tiene toda una hermenéutica en verdad diabólica de la libertad: para poder vivirla plenamente, alegan, es necesario deshacerse de Dios, porque es una figura patriarcal y opresiva, cuyos mandamientos esclavizan al ser humano, y cuya iglesia es una cárcel.

Cristo en especial es rechazado por estas izquierdas porque les parece que sus ideas nos mantienen “presos”, y, sobre todo, porque lo que promete el cristianismo, y en general toda religión, es falso, y no existe ni Dios, ni el cielo, ni el infierno, ni una vida después de la muerte.

Todo el cuerpo de sabiduría cristiana para ellos se traduce en cadenas y los que aprovechan esto son los ministros de culto –esgrimen–, que generan obediencia de parte de sus feligreses, a quienes manipulan.

Esto ya se había expresado tempranamente desde la Revolución Francesa (1789), cuando un nutrido grupo de izquierdistas, y muchos de ellos masones, buscaron expulsar al Dios cristiano –y a la Iglesia–, de la vida pública, de la cotidianidad, haciéndolo ver como un producto de la imaginación usado con el único fin de engañar a la gente.

Quisieron sustituir a Dios y la religión por la diosa griega “Razón”, e incluso, como se sabe, fatuos e intolerantes, se atrevieron a entrar en la Catedral de Nuestra Señora de París, para quitar una estatua de la Virgen María, y sustituirla por una prostituta de la calle, disfrazada de la deidad griega Razón.

Muy simbólico. Una herejía, una falta de respeto, una violación al derecho de libertad religiosa de los creyentes, y además, funesto cuando la gente se hinca ante una facultad humana del pensamiento, y no ante la Madre de Dios, muy distinto. La razón no es perfecta, ni es ninguna deidad, sólo es parte de la mente humana, y por tanto, es fallida.

Luego vino Marx y Engels (manifiesto comunista de 1848) diciendo que la religión es el opio del pueblo, y promoviendo el ateísmo junto con su revolución sangrienta a manos del proletariado para imponer una dictadura. Nada bueno.

Más tarde vino la Revolución Cultural China (1966-1976) de Mao Tse Tung, un asesino delirante narcisista, cuyo culto a su personalidad, aspirando a sustituir a las religiones de China, dejó cerca de 15 millones de muertos, sólo en esa década. Se perseguía a todos los practicantes de cualquier religión, y se les golpeaba, encarcelaba o asesinaba, igual que a todo opositor al dictador chino.

Lo que vemos hoy en día en Francia, donde han decapitado católicos; en Chile, donde queman templos; en México, donde vandalizan iglesias; en Colombia, donde irrumpen en plena misa a sabotear la ceremonia gritando encapuchados, entre muchos ejemplos más, no es todo lo que hacen los supremacismos progresistas: a eso hay que sumar la producción de cientos de películas, series, canciones, videos, donde se burlan de todo lo cristiano, haciéndolo ver como algo retrógrado, ridículo, tonto, anticuado, absurdo y estorboso para “la libertad”.

Las universidades también han puesto mucho de su parte contra el cristianismo, al impulsar el marxismo posmoderno, con su agenda de hegemonía cultural a favor del ateísmo y de la revolución socialista. Un ejemplo: la Escuela de Frankfurt.

En cuanto a la promoción del aborto, como método de anti natalidad y de freno al crecimiento poblacional, los países que más han puesto en marcha políticas públicas para matar bebés en gestación en el vientre de sus madres, son los de gobiernos comunistas.

Empezando por China, donde se calcula que se practican 15 millones de abortos al año, y en especial de niñas, en respuesta a la política de un solo hijo, que estuvo funcionando hasta 2015.

En Cuba el aborto es cosa muy normal, y en Argentina, Chile, Colombia y México, cada día el aborto avanza más. En Estados Unidos, justo este viernes 8 de julio, Joe Biden –el falso católico– quien tiene mayor compromiso con el aborto que con la vida, firmó una orden ejecutiva que contraviene la resolución de la Suprema Corte de Justicia en la anulación del juicio Roe versus Wade, con lo que insiste en la promoción de los abortos, cueste lo que cueste. Un dictador abortista.

La demolición de la familia natural se ve impulsada por la perniciosa ideología de género, así como por diversos supremacismos progresistas: el feminista, el LGBT y el eco-animalista.

De acuerdo con el supremacismo feminista, la familia es una prisión de la que las mujeres deben escapar: del marido, del padre, de los hermanos, de los tíos, de los hijos. De todos, por ser varones, opresores y violadores en potencia. Y porque la familia es reproductora de esquemas de explotación capitalistas.

Acabar con la propiedad privada es un anhelo antiguo de las izquierdas, que dicen buscar la “igualdad social”, pero por esto hay que entender el arrebatar a unos sus legítimos bienes inmuebles, y su dinero, para dárselo a otros, generalmente a ellos mismos, los que los expropian, los que se los roban, bajo el argumento de que es injusto que unos tengan y los otros no. “En el 2030 no tendrás nada y serás feliz”, anuncia la intención de una “redistribución” de la riqueza, por parte de gente cercana al Foro Económico Mundial, y a otros de los promotores del “gran reseteo”.

El globalismo, que es de fondo socialista, también desea arrebatar la riqueza de las clases medias, para regalársela a los más pobres, que se convierten automáticamente, con un esquema de mega asistencialismo, en votantes duros del régimen socialista blando que les está entregando bonos, becas, o fondos.

Hugo Chávez se divertía expropiando edificios que no sabía supuestamente ni de quién eran, abusando de su poder, como todo un dictador bananero que fue. Las expropiaciones son robos maquillados de justicia social. Son una forma de despojar los bienes con criterios políticos y electoreros, y no pocas veces ha ocurrido que a esto se le llame “nacionalización”.

Las nacionalizaciones, que son más bien estatizaciones, son una forma usada por el Estado socialista para robar al ciudadano. No hay pretexto que valga y se le ha robado a la Iglesia Católica, como a miles de empresarios y hasta a familias pobres, en el nombre de un supuesto bien social más elevado.

En cuanto a la intención de destruir las naciones, los esfuerzos de las izquierdas se ven centrados en borrar las fronteras nacionales y preparar a través de agencias internacionales, mundiales, a la población, para ser ciudadanos “del mundo”, bajo un “gobierno” o “estado mundial”.

Por supuesto, el globalismo prefiere por mucho promover el aborto que los nacimientos en Occidente, pero luego, ante el déficit de índices de natalidad y los riesgos que esto implica, para compensar, abre fronteras por ejemplo a África para que ateste Europa, o abre la frontera sur de Estados Unidos para que cientos de miles de centroamericanos entren en su territorio, aunque haya quienes declaren luego a esto como una “invasión”.

La migración sin límites es un abuso que barre con la cultura tradicional y el legado de un país, es una imposición de nuevas hegemonías y la creación forzada de nuevas sociedades multiculturales que no funcionan y que no respetan la herencia del cristianismo.

La cancelación de las libertades es pan de todos los días en países como Cuba, Nicaragua, Venezuela, y no se diga en Corea del Norte o en China. Ahí no hay ni asomo de prensa libre, de partidos políticos, de elecciones auténticas, ni nadie es libre de expresarse, viajar libremente, y mucho menos de criticar al gobierno.

La cárcel le espera a quien se oponga a estas dictaduras socialistas. Qué fácil se les hace a muchos “intelectuales”, y artistas, alabar regímenes como estos, desastrosos, desde la comodidad de sus mansiones capitalistas en otros países, y estando podridos en dinero y bienes, viviendo fuera de tales infiernos.

La supresión de los derechos humanos también es parte de la cotidianidad de las hegemonías socialistas y sus extensiones culturales. Incluso en Estados Unidos cada día está más restringido el derecho a la libertad de expresión, la cultura de la cancelación, y la persecución de disidentes.

En China el Partido Comunista ignora totalmente los derechos humanos, y el régimen no tiene empacho en usar la pandemia del Covid-19 como un buen pretexto para imponer una suerte de estado de excepción.

Lo mismo han hecho una decena de gobiernos progresistas como el de Canadá, Francia, y España, entre otros que en su momento no dudaron en violar todos los derechos humanos de la población.

Tales son los principales 7 crímenes de la izquierda, sólo que jamás se arrepentirá de ellos, porque antes bien, son su agenda, y sus estrategias, para controlar a la gente, despojándola de su identidad, herencia, legado, pertenencia y sentido de vida.

La perversidad de la izquierda arranca su esencia al ser humano y lo esclaviza, alegando “liberarlo”. ¿De qué nos van a liberar? ¡Líbrennos de su presencia, zurdos!

* Raúl Tortolero, Escritor, conferencista. Consultor político. Doctorado en Derechos Humanos. Maestría en Filosofía, Cultura y Religión. Activista católico, provida y profamilia. Presidente de “Nueva Derecha Hispanoamericana”. Ex Secretario de Comunicación del Comité Ejecutivo Nacional del PAN. Premio Nacional de Periodismo 2007, otorgado por la ONU en México. Analista Geopolítico. Su más reciente libro: “La Contrarrevolución Cultural frente al marxismo posmoderno”.

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