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¿Matarile rile ron?

Escribe: Luis Beltrán Guerra*

Como que valdría la pena indagar con respecto al reciente “Plan de Xi Jinping y Vladímir Putin para una nueva era”, delineado en la reciente reunión en Moscú.

Desde América Latina, preñada de problemas, miramos a los chinos y rusos brindando con champan, seguramente francesa. Se intuye “un aquí estamos, los dos contra todos” y la afirmación “no somos tan malos”.

El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en su libro El malestar en la globalización, pone de relieve, como él mismo, llama, “el descontento” en muchos países, con el “proceso globalizador”. Y puntualiza que ese aspecto negativo pudo constatarlo como economista jefe del Banco Mundial.

Un aserto definitorio a juicio de Stiglitz conduce a repetir que “la globalización, bien administrada, podría haber beneficiado a todos. Sin embargo, en general, no se gestionó bien y el resultado se ha traducido en que algunos ciudadanos –quizá incluso la mayoría– están ahora peor que antes”. La autoridad del profesor de Columbia University nutre de “authoritas” a la apreciación.

En el escenario, como que valdría la pena indagar con respecto al reciente “plan de Xi Jinping y Vladímir Putin para una nueva era”, delineado en la reciente reunión en Moscú, hace, apenas, días. En la tarea no dejaría de entusiasmar las palabras de despedida de Mr. Xi: “Se están produciendo cambios que no habían ocurrido y juntos podemos sacarles provecho”. Y la lacónica respuesta: “Estoy de acuerdo”, de su “generoso anfitrión”. Se lee, que el presidente chino habló claro al expresar que “China quiere plasmar un nuevo orden mundial más favorable a sus intereses. Y, para il compito, Rusia es un socio importante”. Putin, en un “axioma de júbilo” consintió, por lo que asumamos que los dos líderes trabajan unidos y por la misma causa. Y, por qué no expresarlo, a entenderla y ponerla en práctica a su manera.

A la metodología “china”, desde hace y durante algún tiempo, se le ha mirado lejana a nuestros linderos, hasta el extremo de que integran otro mundo, dominado por el comunismo, un “enfant terrible”. La conseja, apartémonos de la soberbia, pues a los chinos la soberanía les legitima, así como a nosotros, para comprometer la “protestas”, que bajo pautas distintas a parte considerable del mundo, derivan del pueblo. Esta verdad, ha de asumirse.

Una evidencia es el documento que acaban de suscribir: “La Federación de Rusia y la República Popular, en lo sucesivo denominadas las partes”: 1. Rusia y China instan a todos los países a promover valores universales, como la paz, el desarrollo, la igualdad, la justicia, la democracia y la libertad, 2. Los países no deberían desplegar armas nucleares fuera de sus territorios, pero, asimismo, que aquellos que lo han hecho las retiren, 3. La OTAN, limitada a observar los compromisos de carácter regional, pero bajo la convicción de que han de respetar la soberanía de otros estados, así como su diversidad.

Otras obligaciones: La paz y la estabilidad en el noreste de Asia, anhelo histórico pendiente. ¿La “ratio”? para tan ambicioso “acuerdo”, “el mundo se halla en una fase de cambio trascendental de los equilibrios geopolíticos”. Para quienes vemos a los chinos y a los rusos cómo razas distintas, pernoctando, inclusive, en “la luna”, debemos sincerarnos de que son como nosotros homo sapiens”. Y que así debemos considerarlos, pues por el camino que transitan, tal vez debamos asimilar, cuanto menos, sus hábitos, inclusive la lengua, quizás lo menos fácil. Por fortuna, ambos países han suscrito una tipología de tratado bajo las pautas formales a las usadas en esta otra parte del mundo. En la escritura, pues, nos mantenemos iguales. Y particularmente, en la parte final, referida a los firmantes, el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin. Constancia de que todo en el mundo cómo que es igual, pues así se hubiese suscrito y firmado un “tratado, declaración conjunta o un símil” entre Colombia y Venezuela. Pero, también, entre EE. UU. y Alemania.

Ha de tenerse presente, en aras de un análisis objetivo, que China y Rusia se han acordado en otras oportunidades. The media revela, en efecto, una foto de Josef Stalin y Mao Zedong, representativa de un encuentro, en principio, de la suscripción del tratado chino-soviético de amistad, alianza y existencia mutua firmado por ambos líderes en 1950. La fuente no deja de sorprender, pues acota que después de 73 años, periodo de disputas ideológicas, alejamientos, reconciliaciones y hasta enfrentamiento armado.

No sabemos en lo atinente a las causas, la lejanía, el idioma, la genética, la consuetudine, los rasgos faciales, reveladores de personas que parecieran pertenecer a otros planetas y a una presunta pasividad, la cual desde el otro mundo es sinceramente extraña. Pero “de que le ponen le ponen”. A manera de ilustración leemos que Honduras, ahogada en deudas y necesitada de infraestructura, pidió a su tradicional aliado de Taiwán un paquete de ayuda de 2.400 millones de dólares para construir un hospital, una represa y pagar un préstamo. Taiwán no respondió y Honduras decidió romper relaciones diplomáticas con la isla asiática y establecerlas con la China de Xi Jinping, decididos a construir una gigantesca represa hidroeléctrica al este del país centroamericano. Pareciera, por consiguiente, no encontrarse obstáculos para que los chinitos estén por doquier. Y despertando admiración y respeto.

Qué diríamos ante esta diversidad de tentativas, ideas, tanteos y aparentes conclusiones. Chinos y rusos, meritorios, pero distintos, por lo menos, a los suramericanos. A los últimos se les delinea como poseedores de dificultades, enredos, simpatías y una natural inclinación a la alegría.

Desde América Latina, preñada de problemas, miramos a los chinos y rusos brindando con champan, seguramente francesa. Se intuye “un aquí estamos, los dos contra todos” y la afirmación “no somos tan malos”.

Se nos ocurre imaginar “lo contrario a lo esperado”, una manifestación de la “ironía”, en aras de aliviar el status usual de chinos y rusos y contrastarlo con el de otros horizontes, donde de ellos se desconfía, encontrándonos con dudas que inducen a interrogantes, como para que de ellas se infieran respuestas.

Es así como copiamos el sentido de cantarle a chinos y rusos, por un lado y ante el “tratado” que han suscrito, pero en el entendido de que la música incluye a aquellos que no creen en “la dupla”:

“Le pondremos princesita, matarile-rile-ron. Ese nombre sí conviene, matarile-rile-ron”.

Amigo lector, perdónennos si nos enredamos, pero el tema tiene sus complejidades.

El académico Stiglitz con certeza nos haría una diáfana exposición.

* Luis Beltrán Guerra, Doctor en Derecho (Harvard University) – Profesor de Derecho Administrativo Fundador (Partner) Luis Beltrán Guerra G. Asociados

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