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Petro traicionó a Ocampo y a Corcho

Escribe: Salud Hernández-Mora

Y no dejen de lado que Petro ya lleva diez ministros en ocho meses. Ni el rotundo fracaso que cosechó en su inoperante cumbre sobre Venezuela.

Para interpretar a Petro no basta con politólogos. Requiere psiquiatras que estudien su impuntualidad y desplantes, sus frustraciones, odios y resentimientos de vieja data. Explicaría su empeño en defender la lucha armada y esa ira incontenida que traslada a las redes sociales. Lanza diatribas y declara guerras a extranjeros y nacionales.

Es evidente que tiene en la cabeza su hoja de ruta bien marcada, ha dibujado la Colombia que querría ver al final de su mandato. Un país marxista, con un Estado glotón, insaciable, que embuta sus abrasivos, ineptos y corruptos tentáculos en todas partes, irrespetando la división de poderes. Con unos empresarios arrodillados, subyugados a sus deseos, temerosos de salirse del redil, y unos medios sumisos o apocados. Y con las guerrillas legitimadas y las Guardias Campesinas e Indígenas equiparadas a un Ejército y policías que su actual o futuro ministro de Defensa hayan debilitado.

Petro escucha poco o nada, le fastidia que lo contradigan porque está convencido de su verdad, así la sustente sobre premisas falsas o tergiversadas. Y es un pesar porque expone puntos de vista interesantes sobre la Colombia olvidada y la naturaleza arrasada. Podría ser un líder ambiental, nada hay más urgente en el planeta que detener el cambio climático. Pero le mata su alma de pirómano y quema puentes cada vez que habla.

Tampoco será capaz de solucionar los enquistados problemas del país rural. La entelequia de la paz total y los improvisados ceses de hostilidades agudizan la violencia e incentivan el reclutamiento de menores. Y lo de empoderar a las Juntas de Acción Comunal, entregándoles millonadas para vías y otros proyectos, creará miles de reyezuelos y expandirá el autoritarismo y la corrupción. Escruten al CRIC y a la ONIC y concluirán que estamos ante otro fracaso.

Pero es el camino petrista que arrojaron las urnas y deben respetarlo. Petro no era ningún advenedizo; su dilatada trayectoria política y el paso por la alcaldía bogotana advertían lo que sería su gobierno. Por eso encuentro patéticas las posturas de opinadores y economistas como Rudolf Hommes. Lo apoyaron con entusiasmo y ahora se rasgan las vestiduras por sus reformas y sus recambios ministeriales.

¿Acaso desconocían que el presidente termina rodeándose de sus áulicos?

Por eso solo hubo dos sorpresas en el último revolcón del gabinete. La salida de Carolina Corcho fue la más llamativa. Reúne todas las cualidades que Petro necesitaba: carácter fuerte, oídos sordos, dogmatismo, altivez, desprecio al empresariado y a la verdad, seguridad aplastante y una inquebrantable fidelidad al jefe y al socialismo duro.

No me pareció la piedra en el zapato ni el cerebro de los engaños a los partidos tradicionales. Ejerció de entusiasta pararrayos del presidente porque también ella gestó la reforma.

Lo que tampoco tiene sentido es santificar a las EPS. Tuvieron que enterrar a varias de ellas y caerán más. Pero peor han sido los atracos de los entes locales a los fondos de la salud. Por tanto, al tratarse de un problema complejo, difícil, lo lógico sería pactar soluciones con expertos y partidos, sin dogmatismos. Preciso lo que este gobierno no quiso.    

Por eso Petro la traicionó, igual que le jugó feo a Ocampo. El 13 de abril informó que ampliaba un año la licencia universitaria para seguir en Hacienda hasta el 2024. Jamás imaginó su salida. Pero no se puede quejar el sensato profesor de Columbia. Ansiaba ser ministro, se unió a un gobierno radical, de ideas delirantes, y era previsible el abrupto final.

Ahora presume de legarnos una tributaria, pero llenar las arcas del Estado sin un plan económico coherente, que fomente la empresa privada en lugar de una sociedad estatista y subsidiada, no necesariamente supone un éxito. Lo rescatable es que apaciguó los mercados y defendió la independencia de la Federación de Cafeteros. Y ahora Petro contrataca declarando enemigo a Germán Bahamón, con una bajeza inquietante. No dejará de atacarlo con jugadas sucias, así sea el gestor moderno, con experiencia y visión global que necesita el gremio.  

También cabría agradecerle a Ocampo su frustrado intento por evitar la llegada del funesto presidente que Petro puso en Ecopetrol.

Y no dejen de lado que Petro ya lleva diez ministros en ocho meses. Ni el rotundo fracaso que cosechó en su inoperante cumbre sobre Venezuela.

Su actitud frente a dicha cita internacional merecería un análisis psiquiátrico. Llegó una hora tarde a la inauguración, almorzó en palacio solo con los gringos, pese a que eran 19 las delegaciones extranjeras, y voló a Zarzal a anticipar la quema de aliados y gabinete. Actuó como un niño caprichoso que bota un juguete y enseguida coge otro. Siempre preferirá soltar discursos agresivos, sembrar división y discordia, a dirigir el país de manera serena, meditada, discreta y contrastada con voces discrepantes.

Todo eso lo sabían sus votantes arrepentidos. Y así será hasta el 2026. De malas.

Por cierto: ¿qué hay de Nicolás Petro?

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